En Bogotá no hay una sola forma de envejecer

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Fecha de publicación: 07 octubre 2026

 Por: Ángel Guzmán García – Comunicador Social – FM

Es viernes, 6:30 de la tarde. Sandra Constanza apaga su computador y suspira*.  Tiene 52 años, título en administración de empresas, dos especializaciones y una hoja de vida que demuestra una gran experiencia liderando equipos. En el último mes, en su búsqueda de trabajo, ha recibido cerca de una docena de correos con igual o textos similares a: “Agradecemos su interés, pero buscamos un perfil que se ajuste mejor a nuestra dinámica actual“. Ella sabe lo que significa ese eufemismo. La última entrevista, presencial en una oficina del norte de Bogotá, notó cómo el reclutador, evidentemente mucho menor que ella, le miraba las canas mientras le preguntaba si se sentía “cómoda reportándole a jefes más jóvenes” y si estaba “familiarizada con el ecosistema de inteligencia artificial”. Sandra Constanza no tiene 80. Tiene 52, y ya la están haciendo sentir vieja (lo que para mucha gente es sinónimo de inútil).

Su historia no es rara. Les pasa a muchas personas de 52 que buscan sacarlas por “sobre perfilados”, y le pasa también al de 68 que todavía quiere trabajar, pero en la calle le dicen que ya es hora de recogerse. Falla que, como población, ciudad, sistema productivo y en la política pública se debe revisar pues, como proponen en su libro Envejecer con sentido los autores estadounidenses Martha C. Nusbaum y Saul Levmore es preciso ¨concebir la vejez como una época de la vida, como la infancia, la juventud y la mediana edad. Tiene sus propios misterios y estos exigen reflexión¨

Si algo se ha visto en Bogotá en temas poblacionales y por lo menos desde las políticas públicas (según la información encontrada en el sitio web de la Secretaría de Planeación el 6-10-2026 Bogotá, cuenta con 16 políticas poblacionales diferentes) es que tenemos diferentes formas de ver a las personas, por ejemplo, la infancia vista desde los raizales, desde la perspectiva indígena, o la población afro; o la adultez vista desde las diferentes etnias. Desde luego para la generación Silver no debe ser diferente:  no hay dos vejeces iguales. 

No es lo mismo la señora de 85 que camina todos los días a la tienda en Engativá y hace el almuerzo para todos, que el señor de 62 que tuvo que parar por una enfermedad. Hay vecinos de 90 lúcidos, con una memoria envidiable, y otros de 65 que se desorientan viniendo del centro. Por eso es tan peligroso generalizar la vejez, como nos lo advierten en el libro citado en el párrafo dos de este artículo, cada cuerpo lleva su propio ritmo. Cada mente también. Hay quien puede seguir haciendo cuentas y liderando equipos como Sandra Constanza, pero la descartan por las canas. Hay quien puede tejer, trabajar o dar un consejo con una claridad intacta, pero se pierde en una dirección. No es una sola forma de envejecer, son cientos. 

Lo que más marca la diferencia no es lo que dice la cédula, es el contexto y por eso es por lo que, desde la familia, el trabajo y en general en todos los espacios, seguramente debemos comenzar a revaluar como es que asumimos, vemos y valoramos a la, cada vez más numerosa, población mayor de 50 años. Pensarnos por ejemplo que tanta validez y arraigo le seguiremos dando a dichos como ¨loro viejo no aprende a hablar¨ que se dice de manera generalizada, para asociarlo a la edad como una limitante inequívoca de las capacidades mentales. 

No es lo mismo llegar a los 70 con una pensión que alcanza y con familia cerca, que llegar con lo justo, pagando arriendo y con una jubilación que llegó a la fuerza. La plata, si seguimos trabajando o no, si vivimos solos o acompañados, eso pesa más en la salud y en el ánimo que el número de velitas. Y hay algo que pesa más que todo eso y es lo que Sandra Constanza sintió en esa entrevista: el estigma. 

Por desgracia, en Bogotá es completamente viable que carguemos con la idea generalizada de que ser mayor es ser inútil, es volverse invisible, es estorbar. Que si es mayor es feo, no entiende, no produce, no encaja en la “dinámica actual”. Y lo más grave es que nos lo creamos. Envejecer con sentido, como lo dice el libro que inspiró este artículo aquí, a 2.600 metros, entre trancones y frío (cada vez menos frio pues hasta el clima está cambiando) no es resignarse ni esconderse. Es entender que hay muchos caminos y que cada uno tiene que encontrar el suyo. Para Sandra Constanza puede ser reinventarse por ejemplo convertirse en una consultora. Para otros será cuidar nietos, aprender a usar el celular sin miedo, volver a la ciclovía o darse el lujo de no hacer nada un martes por la tarde. 

La pregunta no es cómo se supone que debemos envejecer. La pregunta es: con lo que se tiene en salud, historia y bolsillo, ¿qué vida se quiere seguir construyendo? 

Porque la ciudad también envejece con su población y con una población mayor de 50 años cada vez más numerosa que la va a necesitar lúcida, vigente y trabajando. No descartada por un correo electrónico. Es hora de ir pensando como asumir una realidad sin cortapisas (realidad reversible, quizá, y que depende de la voluntad de las nuevas generaciones de procrear hijos y que de acuerdo con las estadísticas no genera esperanza). Según las proyecciones del Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia-DANE la pirámide poblacional se invertirá por primera vez en 2036 como resultado de la caída sostenida de nacimientos desde 2021 y ese será el primer año en que habrá más adultos mayores de 60 años que menores de 14. Menos cunas ocupadas y más mecedoras llenas. 

*Historia imaginada.